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Familia de bandidos

Mucho conocemos de la Revolución Francesa, de sus ideas de libertad, igualdad y fraternidad. Pero el terror que siguió a la revolución no se vivió sólo en París ni afectó sólo a la nobleza.

En una región, La Vendée, su población, sus nobles, sus colonos, sus campesinos, sus sacerdotes..., profundamente católica y realista, se resistía a la dictatorial imposición de las nuevas ideas. Y sufrió una cruel persecución por defender su fe y su tradición; un hecho que el mundo ha mantenido oculto durante mucho tiempo. Este libro es la historia de una familia de aquellos vandeanos “rebeldes”, comenzando en los tiempos felices.

Narrado en primera persona por una de las poquísimas supervivientes, refiere la conmovedora epopeya por la que pasa la familia Serant, y al mismo tiempo transmite vivamente lo que era una mentalidad y una forma de entender el mundo y la existencia animada, bendecida y presidida por la fe, haciendo llegar al lector la paz, la bondad y el sentimiento más profundo de perdón. El continuo ejemplo de abandono total a la providencia divina ante las adversidades y el heroísmo de esta familia es un ejemplo reconfortante.

El relato no pierde interés en ningún momento, resultando muy recomendable, también para los jóvenes. A continuación mostramos un pequeño fragmento:

Terminado el desfile, subió al púlpito un orador y empezó un discurso en alabanza de la Razón, única divinidad digna de recibir los homenajes de los hombres regenerados por su culto.

- Por fin ha llegado el día - exclamó en un lenguaje que pretendía ser lírico y resultaba grotesco-, por fin ha llegado el día en que el suelo de la ciudad nantesa va a ser purgado definitivamente de las inmundicias del fanatismo y de la superstición; en que el sol de la libertad va a brillar a las miradas de los hombres, sumergidos largo tiempo en profunda noche, encubierta, hará pronto dos mil años, por los velos del oscurantismo; ha llegado el día en que la Razón, simbolizada ante nuestros ojos por una obra maestra de la naturaleza, preside desde su trono, pacífica y sonriente, en medio de un pueblo venturoso, que ha salido, por fin, de las tinieblas del antiguo culto y que ha de ser esclarecido de aquí en adelante por los rayos bienhechores de la Igualdad.

Señalando después con ademán teatral a las víctimas destinadas al cadalso, continuó en el mismo tono:

- Esos criminales, ¡oh, diosa!, han sido condenados por justo juicio de la Nación y dentro de poco vas a ver rodar sus cabezas al pie del trono. Pero entre ellos hay un malvado más perverso que todos los demás, un sacerdote católico, un representante de esa religión bárbara que oprimió por largo tiempo a nuestros padres. A ti, ¡oh, diosa!, te hemos reservado el juicio de ese miserable. Será traído a tus pies, a fin de que tú decidas sobre su suerte. Si se inclina delante de ti, si abjura de un culto estúpido, para abrazar el de la Razón, que tú simbolizas ante nuestros ojos, la Nación, por tu voz, le perdonará todos sus crímenes. Mas si, por el contrario, ese malvado persiste en vivir esclavo de una superstición vergonzosa, de tus divinos labios partirá la sentencia, que hará caer sobre su cabeza la espada de nuestras justas leyes... Pronuncia tus oráculos, ¡oh, diosa! Tu pueblo te implora de rodillas.

Una familia de bandidos en 1793

Marie de Sainte-Hermine

Homo Legens

 

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