el hombre dejará a su padre y a su madre

Nosotros dos

Lamentablemente son múltiples los escollos con los que ha de enfrentarse el matrimonio de hoy para sobrevivir. Viejos obstáculos se encuentran potenciados por la singularidad de la sociedad actual.

Mas, por si fueran pocos, nuevos obstáculos vienen a sumarse a los ya existentes. Uno escasamente conocido y no por eso menos devastador es el de aquellos, hombres o mujeres, que se olvidan del precepto divino de casarse y dejar atrás a los padres: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y los dos llegarán a ser uno solo”. (Marcos 10:7-9).

Porque dejar al padre y a la madre no es sólo marchar del hogar paterno para crear uno propio. Es mucho más: es establecer con el cónyuge un vínculo de amor, como nunca se ha tenido con ninguna otra persona, por lo que ya no serán dos sino uno solo. Esto significa establecer una relación insuperable de equipo, compartir proyectos de vida y valores, y una comunicación profunda y sincera.

Vivir en unión con el cónyuge es una de las principales motivaciones que llevan al matrimonio. Es la ruptura radical con la soledad. Es saber que los sentimientos, deseos, proyectos e ideas de uno tienen resonancia en alguien que los acoge, comprende y hasta promueve, lo que resulta sumamente gratificante, como igualmente lo es servir de receptáculo a las inquietudes de la otra parte.

La actual longevidad permite mantener fuertes lazos de afecto de los hijos casados hacia los padres y una asidua interacción con ellos. Así, el entendimiento asistencial recíproco es sumamente beneficioso: abuelos que ayudan en la educación de los nietos, e hijos prestos a cuidar de los abuelos en sus achaques. Ahora bien, en ocasiones ocurre que la relación con los padres se exagera; la ligazón del esposo o de la esposa con un miembro de su tronco genealógico, sea con el padre o la madre, se constituye en eje de la dinámica familiar y entonces, la situación se hace disfuncional e irremediablemente problemática.

Tal situación se hace insufrible para el otro cónyuge porque siente a ese otro como competidor de una intimidad que a él solo, en exclusividad, le pertenece. Lo que por principio ya es desagradable, se traduce en la práctica diaria en múltiples y frecuentes discusiones. Ante cualquier decisión, ¿quién tiene la última palabra? ¿Ante quien se cede? ¿Por qué tal injerencia? Polémicas agrias y repetidas que socavan el amor, minan la armonía del matrimonio y lo arrastran a su destrucción.

Esta causa de fracaso matrimonial no es fácil de evitar una vez que se consolida como pernicioso hábito, tras un inicio insidioso que no se cortó en su comienzo. En este caso, convendría establecer cuanto antes unos límites sanos, intentando comunicarlos siempre con respeto y empatía.

Por parte de los suegros, deben evitar los consejos entrometidos y no solicitados y comprender la inutilidad de algunos subterfugios como el chantaje emocional y otros comportamientos tóxicos que impidan el crecimiento personal de la joven pareja.

Una vez llegan los niños, el matrimonio debe hacer un esfuerzo para mantener la autonomía del propio hogar. Esfuerzo, sí, en tanto puede significar prescindir de una ayuda importante, pero que tiene su precio en contrapartida. Significa, también, librar la personalidad (de él y de ella) de caer en la dependencia muy tentadora de evitar responsabilidades que ineludiblemente con frecuencia hay que tomar. E, igualmente, se recomienda a los abuelos, cuyo amor por los nietos les lleva a prorrogar el tiempo en el hogar de los hijos, encontrar en otras actividades de ocio la distancia necesaria para  favorecer la unidad de la nueva familia.

 

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